viernes, 7 de agosto de 2009

Los niños crecen...



Isabella se acercó a la ventana con su capullo dorado entre los brazos.

Jugaba a exponerlo al sol y él tan dorado hacía brillar aún más la suave y rubia pelusa que cubría la cabeza de su niño.

Isabella oía en esos momentos que el Himno a la Alegría los envolvía a ambos.
Gozaba ese instante recorriendo cada pliegue, cada hoyuelo, que se formaba en el regordete bebé que era su hijo. Inspeccionaba su amorosa mirada, desde los pies con sus pequeños dedos hasta el cuello, que parecía unido por un collar rosado de tres vueltas a su cabeza.

¡Lindo mi niño!
¡Cuánto te quiero!
Feliz! Feliz! Feliz!
Soy muy feliz!
Mientras lo cubría de besos ella repetía.

Y el niño como eco a esas palabras reía como si mil gorjeos de pájaros anidaran en su pecho.

La madre con palabras y miradas, le bañaban con abanicos de amor todo su cuerpo.

.




-"Pero?..."
-"Qué tiene allí?..."
Exclamó entre sorprendida y alarmada.
"Oh! No!" .... ´dijo y abrazando a su bebé lloró.
Qué fue lo que descubrió?
Pues que en la encía rosada de su querubín, con gran insolencia se marcaban a punto de cortar, dos dientecitos.

Pero ... ¿Llorar?¿ Llorar por eso?...

Es que desde el fondo de su alma, ese lugar en donde no conviven la inteligencia y el sentido común con los afectos, veía la señal de la rápida transformación de quien amaba y debía cumplir con prepararlo para ser un hombre de bien y feliz para la vida.

Muchas veces se repetiría esa sensación.
En cada escalón que les presentaba la vida era un alegrón con llanto, una mezcla de "adiós" con "misión cumplida".









No hay comentarios:

Mapa nuevo